6. Jicotea.
- 5 mar 2017
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Una vez hace mucho tiempo yo tuve una amiga, mejor dicho, un amigo. Luego de decirle Teca durante meses descubrimos una cosa negra y basosa asomándose como su viril miembro masculino. Mi amigo era una Tortuga de las Antillas o Jicotea Cubana como se le conoce comúnmente. Mi padre, con el que no me llevaba muy bien me la regaló un día. Al principio no quería ni tacarla, me parecía asquerosa y como ya tenía la cabeza grande y se mantenía la mayor parte del tiempo con la bocaza abierta, yo temía que mi dedo fuera el manjar perfecto. Así que mi mamá era la que le daba pan, pedacitos de carne cruda, lechuga y cuanta cosa sobrara. Mi padre siempre se peleaba con ella y le preguntaba si ella pensaba que Teca era un cerdo en vez de un reptil. Mi abuela por ejemplo, un día que le vio con los ojitos medio enfermos, puso un pomo de gotas para los ojos dentro del agua del estanque y por poco la mata.
Poco a poco se me fue quitando el miedo inicial, aunque antes de poderla cargar sin recelos se me cayó varias veces al suelo, en una de ellas, se quedó sin un pedazo de su carapacho. Supongo que no le serviría de mucho porque hasta la última vez que la vi no le había salido de nuevo.
La cuestión es que nos hicimos íntimas. Yo no tenía a nadie con quien hablar, desde chiquitico fui flojo y de pocas palabras. Ambas cosas son los peores defectos con los que puedes crecer en un pueblo de campo donde los niños, antes de aprender a hablar, saben entrarse a piñazos por el detalle más insignificante. Así, Teca se convirtió en mi única confidente. Pasaba horas con ella, daba lo mismo si mirándola nadar en el estanque o acariciándola encima de mi cama, adonde la llevaba a escondidas, por supuesto. Mi abuela me cogió varias veces en esas andadas y me advirtía que un día Teca se perdería y jamás la encontraría. La primera vez que me amenazó con esto, solo de imaginarme aquel tenebroso escenario estuve llorando hasta que llamaron a Geranio, el doctor, para que me quitara el enmoratado.
Resulta que un trágico noviembre, Teca, mi única amiga en el unvierso, desapareció. Llovía torrencialmente, se había cortado la luz y el cielo amenzaba con venirse abajo de un momento a otro. Los relámpagos inundaban toda la casa, todo el pueblo, yo podría decir que el continente entero. Probablemente esté siendo un poquito exagerado, pero no tengo mejor manera de pintar uno de los días más horribles de mi existencia. Escampó, volvió a llover, se cayó la mata de cocos del patio y yo seguía llorando y buscando a Teca. Movilicé a todo el mundo, se buscó debajo de cada mueble, de cada piedra, en todos los resquicios posibles y nada. Todos buscábamos menos mi abuela, que desde su sillón, con la mirada por encima de los espejuelos de ver decía: "yo lo dije, esa no aparece más nunca." Mi madre la regañaba, "mami, no le digas eso al niño, ¿no ves cómo está?" Mi padre se cansó de buscar y de todo el lío que habíamos formado y me dijo: "ya está bueno, mañana te traigo otra jicotea y ya está, total?" Pobre, no podía entender lo que estaba haciendo.
Un día, mientras yo seguía en duelo cerrado y buscando, mi mamá me trajo una postal que según ella, le había entregado el cartero. La postal era de un país lejano y detrás se podía leer, "Hungría es un país hermoso, tiene casi 10 millones de habitantes, su capital se llama Budapest y hasta tienen su propio idioma, el Húngaro. Te extraño mi pequeño, pórtate bien y haz todas las tareas. Pronto nos veremos. Teca, tu jicotea cubana." Cada mes llegaba puntual una tarjeta de Teca. Portugal, París, Rusia, Australia, Brasil, Argentina, Canadá; cada mes una historia diferente. Yo soñaba con cada cosa que me escribía, soñaba con que un día nos íbamos a encontrar y seguiríamos su viaje juntos.
Crecí y me busqué amigos que me respondían cuando hablaba, buenos amigos a los que no les importaba que no me gustara jugar a la pelota y que no entendiera nada de baloncesto. Eventualmente las postales dejaron de llegar y yo dejé de extrañar a mi primera gran amiga.
Cuando mi abuela falleció, decidimos mudarnos a la ciudad, aquella viejita era lo único que nos retenía en Palo Seco. Comenzamos todos los preparativos, desarmar los muebles, envolver la vajilla. Era un sábado y el calor era tan desesperante que no había nadie en la calle, todos se acomodaban frente a sus ventiladores o a la sombra de las matas del patio. Mi grito debe haber llegado entonces hasta el último adoquín. Detrás de un escaparate al fondo de la casa estaba mi jicotea, se había consumido completamente y solo quedaba el caparazón vacío y decrépito. Entonces, como por arte de brujería, vi a mi abuela sentada en la mesa del comedor, a la luz de una vela, escribiendo las postales que me mandaba Teca, sonriendo, poniéndolas con cuidado de ser sorprendida en la correspondencia, viendo el brillo en mis ojos cada vez que me entregaba una, viéndome volar a cada país, viéndome crecer y hacerme fuerte. Suspiré y le pedí a mi madre enterrar a Teca con mi abuela.
Creo que mi jicotea la había hecho tan feliz a ella como a mí. Gracias abuela, gracias Teca.
FIN.



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