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5. Monja, Mar.

  • 4 mar 2017
  • 3 Min. de lectura

Sor Dolores llegó al pueblo en un caballo junto al Padre Augusto. Juntos hacían una hermosa pareja. Pareja de lindos seres humanos, para que no vaya a existir confusión. Ella era tan agradable como puede ser un ángel. Tenía una piel tan blanca como la leche y un par de ojazos azules a través de los cuales se podía ver el la inmensidad del mar. El Padre Augusto no era un cura normal, al menos no como los otros que habían pasado por nuestra iglesia a punto del derrumbe. Era fuerte, ágil y su risa era un estruendo capaz de sacar al diablo de cualquier escondite donde estuviera. Con los otros hombres del pueblo arreglaron aquella iglesia y la conviertieron, como en sus días iniciales, en el centro de nuestro caserío. Mientras ellos sudaban, Sor Dolores iba de un lado a otro ofreciendo agua, café y panecillos horneados por ella misma. Todo era una celebración desde que estos seres se aparecieron aquella mañana de marzo.

Sor era un sol que iluminaba todo lo qie estuviera a su paso. Más de uno andaba perdidamente enamorado de ella, le hacían poemas y le dedicaban canciones. Ella siempre respondía de la misma manera, mostrando aquellos dientes tan blancos como su piel.

-Gracias, muchas gracias.

Esa era su palabra favorita. Solo algo resultaba curioso de la monja, todos los días, desde que el sol empezaba a caer, ella iba y esperaba la noche de pie frente al mar. No importaba si llovía, si entraba un frente frío, si el sol era implacable aún cuando era destituído por la luna. Sor Dolores siempre se paraba ahí, con su hábito recién lavado, recién planchado, sin una mancha de nada, impoluta. Nadie podía imaginar lo que escondía detrás de ese rito, nadie jamás se atrevió a preguntar. A veces, las mujeres iban a cumplir con sus rituales santorales, a arrojarle frutas a Yemayá la diosa del panteón Yoruba, a bañarse desnudas para quitarse "lo malo del cuerpo" y la hermana seguía mirando al horizonte como si durante su estancia solo su cuerpo físico estuviera allí y no pudiera ni ver ni escuchar.

-Esa debe estar penando por algo, ninguna mujer se mete a monja y renuncia a los placeres de la vida mundana. Al goce de tener a un macho que cabalgue encima tuyo mientras las gotas de su sudaor caen sobre tu cuerpo desnudo - mi abuela decía mientras ponía cara de Sherlock Holmes.

Y mi abuela tenía algo de razón, como siempre. Muchos años después, porque las pidras rodando se encuentran, Sor Dolores y yo nos encontramos en la ciudad. Yo ya no era el niño malcriado al que ella mimaba con sus galletas en forma de duendes y ella, ya no era la muchacha hermosa de piel clarísima. Ya no vestía su traje carmelita con el crucifijo amarrado en la cintura y después de hablar de lo que hablan dos amigos que hace mucho tiempo no se ven, no pude evitar matar mi curiosidad, so pena de morir como el gato.

-Antes de llegar a tu pueblo, había abandonado a una pequeña critaura en una balsa contruida con tablas y soga. Había pecado, y la Madre Superiora tomó esa desición para evitar un escándalo. Augusto y yo huímos, así fuimos a parar a Palo Seco aquel 4 de Marzo. Todos los días de mi vida me paro delante del mar y pido que me devuelva a mi hijo.

Yo tengo que haberla mirada con cara de espanto, dentro de mí se escuchaba la voz de mi abuela, la veía vestida de monja ayudando a todos, resolviendo los asuntos de las mujeres del pueblo, acariciando a los niños, bautizando a las recién nacidos.

-Yo sé que es tan poco probable como que nieve en la Sierra Maestra, pero es mi única esperanza en la vida. El mar es mi salvación, donde me encuentro cuando estoy perdida. He perdonado a todos menos a mí. Santo Tomás de Aquino y la Iglesia me hicieron creer en los milagros, pues ya ves, frente al mar espero al mío. Desde ese día somos solo una monja y el mar.

 
 
 

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