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3. Marinero, niño chiquito.

  • 2 mar 2017
  • 2 Min. de lectura

Esta historia nos la contaron unos muchachos mientras esperábamos en una terminal de ómnibus metidos en unos de esos pueblos de Oriente que ni siquiera está en el mapa todavía. A ellos se la habían contado unos familiares mayores que no recordaban ahora. Al principio pensé que era otro cuento como el del cometa Halley que de tanto ir de boca en boca perdió su verdad pero en algún punto dejó de importarme si la historia era cierta o producto de la fértil imaginación de alguien. Era hermosa.

Era una vez un niño pequeño, pequeñísimo, que soñaba con viajar. En Cuba todo el mundo sueña con viajar, desde que sales de la barriga de la madre hasta que te meten de nuevo en el hueco; pero este niño era insistente, terco, perserverante y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario con tal de lograr su objetivo.

Probó y probó,de varias maneras, vinculando a varias personas y nada pasaba. Un día, de chiquitico que era, pensó que acomodándose en la maleta vacía de su tía que estaba de visita iba a conseguir meterse en el avión con destino a Italia. Por supuesto, desde que la mujer cargó el equipaje se dio cuenta de lo que sucedía. Con cada nuevo intento fallido, la madre le imponía un castigo más tremendo.

-Tú vas a aprender lo que es bueno - le decía la madre mientras aguantaba en la mano derecha el cinto de cuero y en la izquierda la chancleta de goma de central.

El niño había probado por tierra y hasta por aire. Otro día lo tuvieron que llevar urgente para el hospital del pueblo y terminó con un yeso que le cubría casi todo el cuerpo.

-Quiero que me hagas el coronel más grande que hayas hecho en tu vida - le había dicho a Tito, el que hacía los papalotes de todos los niños de la zona.

Una vez que lo tuvo, se subió al techo de su casita de guano y enganchado de la cola del coronel intentó alzar el vuelo. Sus costillas rotas y todos sus huesos fracturados no fueron suficientes para que el pequeño abandonara su sueño de conocer otras tierras. Su madre no sabía qué hacer con el pobre vejigo que cada día andaba más triste y pensativo.

Un día, estaba sentado en el pequeño maleconcito de su pueblo y vio cómo unos hombres cargaban una balsa confeccionada de palos, tablas, sogas viejas y cuanto material reciclado se habían encontrado. Los hombres eran balseros,y como el niño, querían irse del país.

Esa fue la última vez que vieron en el pueblo a Joseíto, el niño que quería viajar. Unos dicen que lo vieron montarse en la balsa, otros que los hombres no lo dejaron y se fue nadando mientras seguía la estela de espuma que dejaba la rústica embarcación. En el lugar del maleconcito donde solía sentarse a pensar en sus viajes hay una tarja que tiene tallada en piedra: "Los sueños son barcos que zarpan de las almas de los hombres valientes."

Ojalá el niño haya logrado convertirse en un marinero.

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