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1. Caballo

  • 28 feb 2017
  • 2 Min. de lectura

-Ah caraj, ¿pero será porfiá la yegua esta? -Replicó Chacón mientras ponía todo su empeño y fuerzas para desviar al animal del camino.

Imagínensela, era una yegua hermosa, grande, elegante, de colores vivos, de crin recién peinada y acicalada. Una yegua de "salir" como le gustaba decir a la gente del cacerío. Por todo aquello no había un bicho tan distinguido como ese y era el orgullo de ese guajiro que ahora la trataba de caminar un trecho.

-Pero, qué fresca está, por aquí Remigia, por aquí.

-Que no quiere abuelo, déjela un rato, seguro se le pasa. -Dije yo tratando de calmar los ánimos. Conozco a mi abuelo como a la palma de mi mano, como si fuera yo la que lo hubiera parido a él. Con el genio que tiene, si la yegua Remigia seguía de cerrera él se iba a quedar con su pescuezo en la mano.

-¿Que no quiere? ¿Y de cuándo acá los animales deciden lo que hacen con sus vidas? ¿Usted no ve que fui yo el que la saqué del interior de la madre? Con estas mismas manos que ve aquí, que cada centímetro de pienzo que tiene en la barriga es gracias a mí. Vaya, esta yegua me debe ese tamaño. Y sino hace lo que yo quiero y no va a donde me de la gana a mí, pues no me sirve aquí, vaya, que no me sirve. Ni mi mujer, la difunta Pastora me dijo nunca qué hacer.

Ya a mi abuelo se le estaban acabando las pocas pulgas que tiene, ya la circunferencia de sus ojos le quedaban chiquitas a sus pupilas y los dos huecos de la nariz parecían monedas de 40 centavos.

-Pero calma, abuelo, un momentico. Déjeme ver por qué es que no quiere ir pa' allá. ¿Qué es lo que hay aquí adentro que ella no se quiere ir?

Muchacho, y de pronto, como si estuviera poseído por el mismísimo diablo rojo en persona, ha salido aquel animal, aquella cosa porque no sé qué más se le puede decir. Una bestia todita negra con crin y cola y todo. Lo único blanco que se le podía ver eran las dos bolas en el hueco de los ojos. Y:

-¡Caballo!

Fue lo único que alcanzó a gritar el pobre de mi abuelo antes de que aquel animalazo se le trepara a la yegua Remigia y ella empezara a relinchar como una loca. Mi abuelo le había cuidado la virginidad como cuidó la de todas sus hijas, sus nietas y sus binietas para que la cogiera el semental de Augusto el primo de Eulalia la tía de Josefina. Y aquella desvergonzada y desvirgada resoplaba con una felicidad que hasta daba pena.

¡Caballo! Esa fue la última palabra que le escuché decir a mi abuelo.

 
 
 

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